¿Trabajamos los hombres nuestras propias actitudes agresivas?

Me han pedido algunas contribuciones muy elementales de la psicología social al estudio de la agresión, con el enfoque de las masculinidades. Es el instigador de las masculinidades tóxicas (objetivo de este blog- ver aquí). Voy a procurar ser muy claro. Desde que somos niños, las consignas o mandatos de género nos van guiando y enseñando cómo tenemos que ser los hombres, si queremos ser respetados por los demás con un abanico de opciones bastante limitado. Hoy sabemos que la diversidad podría ser enorme en un contexto de mayor libertad y menos desigualdades de género.
Cuando hay
conflictos, tenemos la tensión de “resolverlos” o bien de una manera dialogada,
“civilizada”, o echando mano de la fuerza, y la agresión si no hay más remedio.
Nos entrenamos constantemente para medir nuestras fuerzas, peleando entre
nosotros de muchas maneras, con pulsos, competiciones, etc. Las niñas tienen
otras consignas y sus propios castigos cuando no cumplen su estereotipo de
género. Se da también en ellas un caso de amenaza de estereotipo.

Hay cuatro tipos de procesos. Los primeros son de naturaleza individual,
de tal manera que las actitudes machistas o actitudes agresivas las vamos
forjando individualmente, con una valencia positiva o negativa, y con diverso
grado o intensidad. Una actitud es una tendencia psicológica expresada sobre un
ente llamado objeto de actitud que evaluamos como favorable o desfavorable.
Todas
las actitudes, bien sean racistas, sexistas, de fundamentalismo religioso, o
igualitarias, tienen tres componentes: el componente cognitivo (con creencias y
conocimientos), el componente afectivo (sentimientos y emociones), y el
componente conductual.
Todo pensamiento,
sentimiento y conducta están atravesados o influidos por el estilo de
masculinidad.
Este es un añadido nuevo,
explícito, específico de este blog que nos cuesta mucho incorporar (complementariamente) a los demás discursos,
pero es imprescindible tenerlo en cuenta, no me cansaré de decirlo.
Hay otros segundos procesos de naturaleza interpersonal. Estrechamos vínculos
con diferentes tipos de personas ¿Acaso no es obvio que aquellas creencias
sobre cómo se tiene que portar un hombre en sus relaciones, o los sentimientos
acerca de cómo deben ser las mujeres, no influyen en las relaciones de pareja,
o con los compañeros y compañeras de trabajo?


En tercer lugar hay procesos de naturaleza grupal. Formar parte de una familia, un equipo de fútbol o una comunidad religiosa hacen que todo lo anterior se “re-estructure” ¿Hemos reflexionado sobre en qué actitudes se concreta nuestra particular forma de pertenecer al grupo de “los hombres”? ¿Me observo cómo cambia mi conducta según esté solo, me relacione con otra persona (sea la pareja o un amigo) o realice una tarea en grupo? ¿Cómo soy entre hombres en un bar, en fiestas o en un campo de fútbol? ¿Cómo influyen los diversos grupos en mí y por qué? ¿Qué rol y estatus adopto en cada uno?
Y por último, hay procesos de naturaleza societal y cultural. Como utilizo
una definición antropológica de cultura, tengo en cuenta las múltiples e íntimas formas de imbricarse e influir en los
anteriores procesos ¿Observamos qué aspectos de la cultura machista (estructural) nos
apropiamos con más fuerza o tenemos interiorizado y de qué actitudes nos
estamos librando (de-construyendo)?
Para que haya agresión tiene que
haber intención de producir daño o la intención de imponerse, dominar o quedar
por encima. En el supuesto de que hagamos daño sin querer o sin saber, en el
momento que nos lo comunican, tenemos que asumir la responsabilidad de “atenderlo conscientemente”
y actuar en consecuencia ¿Somos conscientes del largo aprendizaje del abuso?
Desde
niños nos socializamos conscientes de cuándo somos “abusones” de niños menores,
o más débiles, y de las estrategias que han de aprender las niñas para
adaptarse. El estilo de homofobia es otro aprendizaje intenso y extenso en el
tiempo.
¿Somos conscientes de las pautas
de conducta que hemos aprendido cuando nos sentimos frustrados? Las actitudes
pro-violencia se relacionan con las creencias que justifican la agresión o las creencias que culpabilizan a la víctima. Es lógico que cualquier agresión se pretenda
justificar, o sea la “inevitable respuesta ante una provocación”.
¿Las mujeres pueden ser
violentas, y mostrar conductas agresivas? Por supuesto que sí. Ellas verán. Tienen derecho y es un ejemplo de esa amenaza de estereotipo. A
medida que las mujeres ganen en poder, dinero, y puedan “usar y abusar de ese
poder”, muy probablemente lo harán, depende. Estaremos atentos y atentas a los casos con sus especificidades.
Pero no es este el tema de hoy.
En este blog recordamos el trabajo urgente que
tenemos que hacer los hombres ante las actitudes cognitivas, afectivas y
conductuales de agresión en los cuatro procesos explicados.

¿Sabemos cuándo mostramos una
violencia simbólica con patadas al aire o puñetazos encima de la mesa?

El comportamiento agresivo se
adquiere por aprendizaje social ¿Somos responsables de las ocasiones en las que
nos comportamos ante otros y otras como un modelo agresivo? Todas las personas nos observamos de
reojo constantemente. Practicamos un control social que nos hacemos con premios y castigos, algunos son explícitos y otros muy sutiles.
¿Comprendemos qué ocurre y la
gravedad que tiene cuando es precisamente el hombre que muestra las actitudes más “chulescas” quien se
sale con la suya? ¿Nos damos cuenta de la tolerancia hacia aquellos que “nos mal-acostumbran” con sus abscesos de cólera? Son formas de imponer su estilo, y lo tienen más fácil si poseen mayor estatus (“jefe”, “padre”…).
Soy consciente de una teoría de
la madurez bio-psico-socio cultural de la agresión. El niño va adquiriendo
habilidades y competencias individuales, interpersonales, grupales y
socio-culturales que permiten o no manifestaciones agresivas según el contexto
(todo lo ya dicho). El niño al crecer y explorar el entorno físico y social se
enfrenta a nuevas experiencias sociales y se adapta. Las conductas agresivas se
van reduciendo a medida que se adquiere las habilidades y las estrategias que
son las aceptadas socialmente. No es la teoría que se explicita con palabras sino la situación
real. Decir también es otra forma de hacer.

Está demostrado que en
situaciones de conflicto donde los miembros de los grupos son “azuzados” hacia
la extrema competitividad, son precisamente los miembros más agresivos quienes
pasan a ocupar las posiciones de liderazgo.
